#Yasuní ITT: El final de un ambicioso proyecto medioambiental en Ecuador

El 15 de agosto pasado, el Gobierno ecuatoriano anunció la explotación petrolera del Yasuní ITT en el oriente del país, lo que ha causado conmoción, sobre todo entre la juventud ecuatoriana. Este anuncio desembocó en reacciones en todo el país, ya que echaba por tierra un proyecto que era un emblema de Ecuador: dejar el petróleo bajo tierra, lo que protegería a la atmósfera de la emisión de 450 millones de toneladas de CO2 de un crudo que se conoce como pesado por su baja calidad. El país perdería entre 7.000 y 18.000 millones de dólares en ingresos, por lo que pedía corresponsabilidad a la comunidad internacional con la construcción de un fondo con aportaciones de países que apoyaran la iniciativa de 3.500 millones de dólares. Este proyecto, cuyos inicios se remontan a finales de los años 90, fue fruto de varios pensadores, intelectuales, personas anónimas y comunidades. En palabras de uno de los defensores de la propuesta, Alberto Acosta, “esta iniciativa no tiene gerente propietario”, y en los primeros años del Gobierno de Correa fue presentada al mundo y adoptada, aparentemente, como política de Estado. Se nombraron negociadores para llevar a cabo este proyecto, que no solo era pionero por cuestiones ecológicas: era la primera vez que un país del llamado tercer mundo decidía qué hacer con sus recursos y le daba una bofetada al primer mundo diciendo “si nosotros, que necesitamos el dinero, respetamos la Tierra, ¿ustedes que están haciendo?”. Pero la dualidad del Gobierno ante la iniciativa dejaba mucho que desear. Según palabras del primer negociador del proyecto, Roque Sevilla, tenían serias dificultades para negociar, ya que los países que se estaban comprometiendo, como Alemania, preguntaban: “¿Si ustedes están construyendo una gran refinería en la costa del país que para funcionar requiere del petróleo pesado del Yasuní, como es que preservarán ese petróleo bajo tierra?”. Según Sevilla, contradicciones como esta causaron la desconfianza de los países inversores, que pusieron mayores exigencias a la hora de aportar dinero. Unas exigencias que llevaron al presidente Correa a decir en la televisión nacional: “Métanse su dinero por las orejas”. La iniciativa Yasuní ITT, verdadera revolución y ejemplo para el mundo, es un símbolo poderoso no solo del discurso ecológico y del sumak kawsay o buen vivir, sino que habla de la relación de la humanidad con los recursos naturales, su explotación, conservación, reparto, prioridades y de una serie de debates sobre el futuro de la propia humanidad y de muchísimas especies del planeta. Porque recordemos: aunque nosotros desaparezcamos, la vida seguirá, de diferente manera, quizá hasta mejor, pero seguirá. Otro punto importante a destacar de esta iniciativa es que no viene dada desde un intelectual en una universidad o una corporación del primer mundo, sino de una región del llamado tercer mundo, y que no tiene un solo creador intelectual, sino que es fruto de una construcción colectiva, popular, de intelectuales académicos, de políticos conscientes y con un desarrollo también colectivo. Tal vez era el discurso revolucionario más grande del planeta que nos indica que las utopías son realizables y que el futuro de la humanidad depende de estas utopías… Por lo menos, sí queremos seguir respirando oxígeno.

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