Los derrotados del 2 3-F: Rafael Correa, el Gobierno y Alianz a País

Los derrotados del 23-F: Rafael Correa, el Gobierno y Alianza País
Por: Guido Proaño A.

El golpe sufrido por el gobierno en las elecciones pasadas fue de tal contundencia que, en la primera interpretación dada a esos resultados, Rafael Correa se pareció mucho a la situación de los boxeadores groguis que no tienen certeza de qué ocurre con ellos y dijo que eran “maravillosos para la revolución ciudadana”. A diferencia de su actuación durante la campaña electoral habló muy poco e inmediatamente dio la palabra a Augusto Barrera para que, ahora sí, dé la cara.
En su segunda comparecencia –el mismo día 23-, Correa intentó una explicación pensada en que ese pronunciamiento sería reproducido en los medios de comunicación nacionales e internacionales. Habló de reveces, como en Quito, y al cabo de varios minutos de su consabida letanía reconoció que también se habían producido en Cuenca e Ibarra, no más, e insistió que Alianza País ha “vencido a lo largo y ancho del país”. Al escuchar aquello, uno no podía dejar de pensar en la lúgubre manera como la cúpula del correísmo festejaba el triunfo, con las caras más largas y desfiguradas que se puede imaginar.
Demasiado es pedir al presidente de la república que haga una lectura correcta y autocrítica de lo que el pueblo dijo en estas elecciones: su ego le impide. Para explicar los resultados miró hacia terceros: los errores de campaña fueron cometidos por otros; las fallas en la gestión municipal estaban fuera de Carondelet; a pesar de que él es el presidente de su partido, acusó a “los compañeros de AP” de aplicar una política sectaria. Sectarismo que, por cierto, no es más que manifestación de una conducta autoritaria y prepotente que desborda en el presidente.
Los resultados que ya el 23-F se conocía daban elementos para concluir que Rafael Correa, el gobierno y Alianza País experimentaban una derrota. Las informaciones de los subsiguientes días no solo afirmaron ese criterio, sino que permitieron objetivar la contundencia y magnitud de la misma.
El gobierno perdió en 21 de las 24 cabeceras de provincia y sólo ganó en una de las 10 ciudades más pobladas del país (Durán). Según Betty Tola habrían ganado 60 de las 221 alcaldías en disputa y establecido alianzas en 12 provincias, la mayoría con elementos provenientes de la vieja partidocracia, a la que el correísmo dice combatir. Recuérdese que en septiembre del año pasado Rafael Correa hacía gala de contar con el respaldo de 180 alcaldes, número muy superior al que dicen que ahora llegarían sumando a los suyos las representaciones obtenidas por Avanza y el PSE.
Ciertamente, este no fue un proceso plebiscitario de la gestión presidencial; sin embargo, como parte de su estrategia electoral Alianza País introdujo elementos para aparear el escogimiento de las nuevas autoridades locales con la gestión gubernamental y con la imagen del mismo presidente de la república. La campaña pregonaba que las posibilidades de desarrollo local estaban condicionadas a que alcaldes y prefectos comulguen con la “revolución ciudadana”, pues, solo así contarían con recursos y obras ejecutadas desde el Gobierno central; y, la consigna de “Votar por el candidato local es votar por Rafael” pretendía aprovechar al máximo la principal fortaleza con la que cuenta el partido de gobierno. Así, en todo el territorio, Correa jugó una suerte de candidato espiritual.
Sin embargo, ese llamado no dio resultados. El ejemplo más notorio lo tenemos en Quito, donde el presidente de la república actuó como si hubiese sido el candidato, secundado por la actividad de varios ministros, de la presidenta de la Asamblea, del ex vicepresidente Lenin Moreno, amén de la millonaria inversión de recursos materiales y la utilización de cuanto insumo estatal estuvo a su alcance. Aún así, su candidato perdió con alrededor de 20 puntos de diferencia.
Hay motivos para creer que el conocimiento de la inminente derrota del gobierno en la capital no solo ayudó para proyectar la imagen de Rodas a nivel nacional, que le habría permitido a SUMA cosechar otras alcaldías, alimentó también el sentimiento que sí era posible vencer al correísmo en otras localidades.
Este fenómeno produjo que en las postrimerías de la campaña AP pierda electores que generalmente se identifican con los ganadores; y, que la lógica del voto útil juegue en contra de otras fuerzas que también vieron mermar sus votantes que prefirieron apoyar a quien –de acuerdo a su percepción- tenía mejores condiciones para ganar al candidato correísta. No hay que olvidar que este proceso electoral inició con la imagen, pre elaborada y ampliamente difundida por los publicistas del gobierno, que Alianza País tenía asegurada una nueva victoria: la décima en 7 años.
Pero ese no fue el único ni el principal factor para la derrota gobiernista; el pronunciamiento popular del 23-F estuvo motivado por varios elementos, unos de naturaleza particular (local) y otros de connotación general.
Varios candidatos gobiernistas (la mayoría impuestos desde Carondelet) fueron identificados como incapaces para el ejercicio municipal, sobre otros pesaban acusaciones de corrupción, y, algunos eran conocidos por su oportunismo político, que les ha llevado a vestirahora la camiseta verde flex, cuando hasta hace poco lucían colores de la partidocracia. Puertas adentro, AP experimentó además otros problemas, motivados por intereses de grupos y/o personales, exacerbados cuando se “definieron” las candidaturas, al punto que no faltaron quienes apostaron al triunfo de la oposición para saldar cuentas. El mismo Rafael Correa, en la carta de apoyo a Barrera reconoce la existencia de contradicciones y desencuentros internos, y llamó a resolverlos tan pronto terminen los comicios.
Un significativo número de ecuatorianos entendió que esta era la ocasión para manifestarse en contra de varios aspectos de la política gubernamental como: la decisión de explotar el Yasuní-ITT e impulsar una agresiva política mega minera; la aprobación del Código Integral Penal que busca legalizar la ya institucionalizada criminalización de la protesta social; el autoritarismo presente en toda la gestión del presidente de la república y del gobierno en general que coarta libertades y derechos políticos, que ha llegado al nivel de sancionar hasta a un caricaturista, etc. No hay duda que el 23-F se evidenció un duro cuestionamiento al modelo de gestión establecido por la “revolución ciudadana” y se manifestó el voto castigo.
Todo eso nos lleva a la conclusión que Rafael Correa, el gobierno y AP sufrieron una dura derrota política.
Sus efectos son varios y actuarán en toda la esfera política y social del país, y, de manera particular al interior de Alianza País. Está demás señalar que el tablero político ha variado: existe una nueva correlación de fuerzas.
Un temprano remezón sintieron ya los principales funcionarios del gobierno. Pocos creerán que la crisis de gabinete estaba preconcebida antes del 23 de febrero. El ajuste de cuentas se da también en las altas esferas y la lucha de grupos por copar o defender espacios agita la cúpula. Analistas que conocen los entretelones en esos territorios aseguran que los sectores más derechistas ganarán en influencia. ¡Más de la que ya poseían!
Para minimizar el alcance de la derrota, Correa destacó los resultados obtenidos por el movimiento Avanza, ubicándolo como parte de las fuerzas gobiernistas, lo cual es cierto. Avanza surgió a la sombra del gobierno y con sobrados recursos del Estado; su principal dirigente, Ramiro González, le define como un movimiento socialdemócrata, a la usanza de la desaparecida Izquierda Democrática.
En Avanza convergen varios grupos alentados por proyectos locales, que establecieron alianzas de diverso tipo: tanto con fuerzas de izquierda como con movimientos y personajes de la derecha tradicional.
En la actualidad Avanza y AP se necesitan mutuamente en el marco de un proyecto nacional, pero localmente disputan el mismo electorado, y en esta ocasión lo hicieron hasta de manera áspera. Los positivos resultados obtenidos por el partido de Ramiro González le alientan a disputar más espacios para futuras negociaciones y no está de acuerdo que le miren, y menos aún asumirse, como el hermano menor de AP.
El triunfo de la derecha en ciudades como Quito, Guayaquil, Machala, Riobamba, Loja… proyecta una imagen de recuperación. Eso es cierto, pero esta derecha continúa fragmentada; salvo Mauricio Rodas, carece de figuras con capacidad de forzar entendimientos o acuerdos para procesos de índole nacional.
El movimiento CREO, de Guillermo Lasso, que salió de las anteriores elecciones presidenciales como la segunda fuerza política del país, ahora ha debido ceder ese puesto, pero Lasso hace esfuerzos por mostrarse como uno de los triunfadores para capitalizar el descontento con el gobierno. Seguramente, en poco tiempo volverá al silencio en el que permaneció los últimos meses.
Los partidos y movimientos de la tendencia de izquierdas, en general, mantuvieron los principales espacios que tenían, como las prefecturas de Esmeraldas (MPD), Cotopaxi (PK-MPD), Morona (PK), Orellana (PK), Zamora (PL-MPD), Azuay (Participa). Algunos sitios que se pensaba podrían sostenerlos los perdió y, debido a los nuevos mecanismos de distribución de escaños, su representación en los concejos municipales disminuyó ligeramente.
La participación electoral de las izquierdas no fue fácil, durante los últimos años ha sido permanente blanco de ataques y vituperios por parte del presidente Correa. Un objetivo expreso de éste ha sido lograr su desaparición, mas, las fuerzas de izquierda han resistido y cosechado importantes victorias.
Los resultados del 23-F descalifican el mito de la invencibilidad de Correa y el correísmo; son una especie de bocanada de oxígeno que alimenta la confianza en el movimiento social para recomponer sus fuerzas y disponerse a nuevas acciones en otros terrenos. Ahora hay la certeza de que sí es posible derrotar al gobierno. La batalla por la defensa del Yasuní toma el relevo.

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