ECUADOR La naturaleza no es muda, por Eduardo Galeano

NOTA:

Inovidable artículo que se distribuyó entre los y las asambleístas en la Asamblea Constituyente de Montecristi, el día (29.4.08) en que se aprobaron los Derechos de la Naturaleza: un hito histórico civilizatorio, que está siendo amenazado por el extractivismo galopante del gobierno del presidente Rafael Correa.

Por eso yo firmo por el Yasuní !!!

ECUADOR

La naturaleza no es muda

Eduardo Galeano

18 de abril de 2008

Semanario Brecha de Uruguay

El mundo pinta naturalezas muertas, sucumben los
bosques naturales, se derriten los polos, el aire se
hace irrespirable y el agua intomable, se plastifican
las flores y la comida, y el cielo y la tierra se
vuelven locos de remate.

Y mientras todo esto ocurre, un país latinoamericano,
Ecuador, está discutiendo una nueva Constitución. Y en
esa Constitución se abre la posibilidad de reconocer,
por primera vez en la historia universal, los derechos
de la naturaleza.

La naturaleza tiene mucho que decir, y ya va siendo
hora de que nosotros, sus hijos, no sigamos
haciéndonos los sordos. Y quizás hasta Dios escuche la
llamada que suena desde este país andino, y agregue el
undécimo mandamiento que se le había olvidado en las
instrucciones que nos dio desde el monte Sinaí:
“Amarás a la naturaleza, de la que formas parte”.

Un objeto que quiere ser sujeto

Durante miles de años, casi toda la gente tuvo el
derecho de no tener derechos.

En los hechos, no son pocos los que siguen sin
derechos, pero al menos se reconoce, ahora, el derecho
de tenerlos; y eso es bastante más que un gesto de
caridad de los amos del mundo para consuelo de sus
siervos.

¿Y la naturaleza? En cierto modo, se podría decir, los
derechos humanos abarcan a la naturaleza, porque ella
no es una tarjeta postal para ser mirada desde afuera;
pero bien sabe la naturaleza que hasta las mejores
leyes humanas la tratan como objeto de propiedad, y
nunca como sujeto de derecho.

Reducida a mera fuente de recursos naturales y buenos
negocios, ella puede ser legalmente malherida, y hasta
exterminada, sin que se escuchen sus quejas y sin que
las normas jurídicas impidan la impunidad de sus
criminales. A lo sumo, en el mejor de los casos, son
las víctimas humanas quienes pueden exigir una
indemnización más o menos simbólica, y eso siempre
después de que el daño se ha hecho, pero las leyes no
evitan ni detienen los atentados contra la tierra, el
agua o el aire.

Suena raro, ¿no? Esto de que la naturaleza tenga
derechos… Una locura. ¡Como si la naturaleza fuera
persona! En cambio, suena de lo más normal que las
grandes empresas de Estados Unidos disfruten de
derechos humanos. En 1886, la Suprema Corte de Estados
Unidos, modelo de la justicia universal, extendió los
derechos humanos a las corporaciones privadas. La ley
les reconoció los mismos derechos que a las personas,
derecho a la vida, a la libre expresión, a la
privacidad y a todo lo demás, como si las empresas
respiraran. Más de 120 años han pasado y así sigue
siendo. A nadie le llama la atención.

Gritos y susurros

Nada tiene de raro, ni de anormal, el proyecto que
quiere incorporar los derechos de la naturaleza a la
nueva Constitución de Ecuador.

Este país ha sufrido numerosas devastaciones a lo
largo de su historia. Por citar un solo ejemplo,
durante más de un cuarto de siglo, hasta 1992, la
empresa petrolera Texaco vomitó impunemente 18 mil
millones de galones de veneno sobre tierras, ríos y
gentes. Una vez cumplida esta obra de beneficencia en
la Amazonia ecuatoriana, la empresa nacida en Texas
celebró matrimonio con la Standard Oil. Para entonces,
la Standard Oil de Rockefeller había pasado a llamarse
Chevron y estaba dirigida por Condoleezza Rice.
Después un oleoducto trasladó a Condoleezza hasta la
Casa Blanca , mientras la familia Chevron-Texaco
continuaba contaminando el mundo.

Pero las heridas abiertas en el cuerpo de Ecuador por
la Texaco y otras empresas no son la única fuente de
inspiración de esta gran novedad jurídica que se
intenta llevar adelante. Además, y no es lo de menos,
la reivindicació n de la naturaleza forma parte de un
proceso de recuperación de las más antiguas
tradiciones de Ecuador y de América toda. Se propone
que el Estado reconozca y garantice el derecho a
mantener y regenerar los ciclos vitales naturales, y
no es por casualidad que la Asamblea Constituyente ha
empezado por identificar sus objetivos de renacimiento
nacional con el ideal de vida del sumak kausai (buen
vivir). Eso significa, en lengua quichua, vida
armoniosa: armonía entre nosotros y armonía con la
naturaleza, que nos engendra, nos alimenta y nos
abriga y que tiene vida propia, y valores propios, más
allá de nosotros.

Esas tradiciones siguen milagrosamente vivas, a pesar
de la pesada herencia del racismo que en Ecuador, como
en toda América, continúa mutilando la realidad y la
memoria. Y no son sólo el patrimonio de su numerosa
población indígena, que supo perpetuarlas a lo largo
de cinco siglos de prohibición y desprecio. Pertenecen
a todo el país, y al mundo entero, estas voces del
pasado que ayudan a adivinar otro futuro aposible.

Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras
americanas, la conquista europea castigó la adoración
de la naturaleza, que era pecado de idolatría, con
penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la
naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida
en nombre de Dios y después en nombre de la
civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos
pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio.-

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