Circula libro TRANSG ÉNICOS – Inconcienci a de la ciencia (Ser ie Debate Constituye nte)

Transgénicos
Inconciencia
de la ciencia

Gustavo Duch, Isabel Bermejo, Nicolás Cuvi, Elena Gálvez, Edgar Isch, Ignacio Chapela, Charles Bernbrook, Silvia Riveiro, Mae-Wah Ho, Richard Intriago, Bárbara Pèrez, Elisabeth Bravo, Fernanda Vallejo, Marco Cedillo, Xavier León, Doug Guriam-Sherman, Isis Alvarez, Ricardo Serruya, Esperanza Martínez

Compiladores: Alberto Acosta y Esperanza Martínez

Editorial Abya Yala

Introducción
Los transgénicos amenazan a la Constitución de Montecristi
Alberto Acosta[1]
Esperanza Martínez[2]


Desde que la espada y la cruz desembarcaron en tierras americanas, la conquista europea castigó la adoración de la Naturaleza, que era pecado de idolatría, con penas de azote, horca o fuego. La comunión entre la Naturaleza y la gente, costumbre pagana, fue abolida en nombre de Dios y después en nombre de la civilización. En toda América, y en el mundo, seguimos pagando las consecuencias de ese divorcio obligatorio (Galeano, abril 2008, en línea).

El balance de los últimos cinco años de vigencia de la Constitución deja muchos saldos negativos en materia de los derechos de la Naturaleza: el arranque de la minería a gran escala, a pesar de la resistencia de las comunidades locales; la extensión de la frontera petrolera, que incluye la decisión de explotar el crudo de los campos petroleros Ishpingo, Tambococha y Tiputini (ITT); el fomento de los agrotóxicos y de los monocultivos para la producción de agrocombustibles; y, la introducción de la tecnología para la producción de transgénicos, pese a la expresa prohibición constitucional.[3]


A lo anterior cabría añadir una lista cada vez más larga de atropellos, los altos niveles de deforestación existentes en el país, la apuesta de Socio Bosque atado al mercado de carbono, así como la continua destrucción de bosques, manglares y páramos.

El Gobierno no solo atropella la Constitución en este punto y en otros muchos, sino que ha roto relaciones con movimientos sociales, organizaciones indígenas y organizaciones ecologistas, a las que criminaliza. Cualquier expresión en defensa de la Naturaleza es calificada como “ecologismo infantil” o simple novelería y se rehúye el debate. En estas condiciones, ¿cómo puede este Gobierno erguirse como el adalid de los derechos de la Naturaleza en el mundo?

En el debate en torno del uso de los transgénicos, nuestra Constitución de Montecristi es un gran logro en contra de una de las agresiones más claras al acceso de semillas. Son muchas las preocupaciones alrededor de los transgénicos, pero la principal es que restringen y distorsionan el ciclo de la vida: que de una semilla nazca una planta que, con sol y agua, produzca una nueva semilla.

Los transgénicos son una verdadera amenaza no solo a la salud, al ambiente y al patrimonio genético de nuestra biodiversidad. Son, sobre todo, una amenaza económica para los agricultores, pues erosionan las oportunidades del país de entrar con su producción y sus ventajas comparativas a mercados internacionales diversos.

La adopción entusiasta de las semillas transgénicas, por parte de algunos agricultores, en diversos países, más bien obedece a una simplificación del manejo de las malezas, lo que disminuye el uso de mano de obra. Son los grandes hacendados quienes buscan, como objetivo, contar cada vez menos trabajadores.

Vale indicar que en países como Argentina, la motivación para el uso de los transgénicos proviene de la expansión del área dedicada al cultivo de soja,[4] porque demanda menor dedicación del productor, un ahorro en mano de obra en el manejo de malezas. Tengamos presente que la mayor parte de cultivos transgénicos han sido manipulados de manera que los herbicidas no les afecten, lo que facilita las fumigaciones aéreas con sus correspondientes consecuencias.

Asimismo, conviene advertir que los transgénicos no generan un incremento de la productividad. Es una falacia asegurar que los transgénicos ayudan a los pequeños productores, o que se puede triplicar o cuadruplicar la producción agrícola. Más bien sucede todo lo contrario. Los transgénicos generan mayor concentración de la tierra, no ayudan a aumentar la producción y restan puestos de empleo en el sector rural. En este sentido, no debemos olvidar que el trabajo no es solo un medio, sino un fin en sí mismo.

Los transgénicos nada tienen que ver con la producción de alimentos como la papa o el tomate, tal y como se ha sugerido recientemente. Los transgénicos que se comercializan en la actualidad son la soya, el maíz, algodón y canola; es decir, productos que sirven como insumos de alimentos procesados, alimentación animal o combustibles.

Sin embargo, el problema es aún más complejo. El uso continuo de un mismo herbicida provoca el surgimiento de malezas tolerantes a él, lo que demanda el uso de nuevos herbicidas. De esta manera, se requiere más y más inversión, que favorece un negocio redondo para las empresas productoras de estos herbicidas. Hasta el momento ya se han reportado 21 malezas diferentes resistentes al herbicida. El problema es tan grave que la transnacional Monsanto –empresa líder del mercado internacional– ha comenzado a pagar a los agricultores de algodón, en Estados Unidos, 12 dólares por hectárea, con el fin de cubrir el costo de otros herbicidas que deben utilizarse junto con el producto Roundup, marca de su propiedad, “para aumentar su eficacia”.

Esto confirma la tesis de que la biotecnología no reduce el uso de químicos en el largo plazo. Es un hecho que en las zonas con cultivos transgénicos ha incrementado el uso de herbicidas. Un caso documentado e incuestionable es el del glifosato: de una sola aplicación de tres litros por hectárea, llevada a cabo a fines de la década de los noventa, se pasó a más de tres aplicaciones superiores a 12 litros por hectárea, a mediados de la década del dos mil.

La producción de semillas transgénicas y de glifosato es un monopolio. Entre los ejercicios del 2008 y 2009, Monsanto aumentó en 16 % la tasa sobre el valor de la semilla y en 40 % el precio del glifosato. Con ello, incrementó considerablemente sus beneficios económicos en perjuicio de los agricultores.

Otro de los problemas a destacar es la contaminación de ciertos productos de exportación, cuya calidad debe estar garantizada para los consumidores. El mercado internacional prefiere productos libres de transgénicos. Los países europeos establecieron una moratoria de facto a los transgénicos desde 1998, como respuesta a una demanda generalizada por parte de los consumidores.

No hace mucho, el gobierno francés, frente a los resultados científicos derivados de experimentos realizados con ratas alimentadas con maíz transgénico, en las que se desarrollaron diversos tumores, decidió abrir un periodo de verificación de los estudios y señaló que, de confirmarse su toxicidad, podría prohibirse cualquier importación y su uso, incluso como forraje.

Cabe recordar que cuando discutíamos el tema de los transgénicos en la Asamblea Constituyente, el parlamentario europeo Helmuth Markov –presidente de la Comisión de Comercio Internacional– nos envió el 5 de junio de 2008 una misiva en la que destacaba las oportunidades económicas para el Ecuador, al mantener una producción libre de transgénicos. Es más, “la prohibición de la importación y uso de transgénicos” ya la habíamos incluido en el Plan de Gobierno del Movimiento País 2007-2011, elaborado por cientos de personas, incluido el actual Presidente de la República, en el año 2006. Eso demuestra que, desde mucho antes, hemos estado conscientes de esta cuestión.

Nuestro país tiene inmensas oportunidades para entrar competitivamente en los mercados exigentes, dada la calidad de la que gozan nuestras semillas. Tenemos el mejor cacao, el mejor café, el mejor banano, y diferentes pisos climáticos. Estas constituyen indudables ventajas comparativas si sabemos utilizarlas inteligentemente. Contaminar con transgénicos nuestra producción sería un error imperdonable en múltiples sentidos.

Por poner un caso, a modo de ejemplo, veamos lo que sucede con la miel. La presencia de polen transgénico en la miel chilena limitó las posibilidades de nuestro país hermano para acceder al mercado europeo. Así lo señalan las conclusiones de una investigación realizada por el Centro de Genómica y Bioinformática, y el laboratorio de biotecnología de la Universidad Mayor de Chile.

Con sinceridad, cuesta entender que el actual Gobierno esté planteando una medida tan perjudicial para el Ecuador. El Presidente de la República ha considerado solicitar a la Asamblea Nacional declarar a la introducción de transgénicos una demanda de interés nacional. Dicho requerimiento es una demostración de incoherencia, por los efectos que implica en la soberanía alimentaria, la economía del país, la salud y nuestro ambiente.

El Presidente de la República pretende justificar dicha decisión sustentado en un altamente cuestionado criterio científico; pero olvida las bases más elementales de la economía y la generación de empleo.

Los transgénicos son un claro ejemplo de la apuesta hacia una modernidad que arrasa con la cultura, en este caso, la campesina, y al uso de tecnologías riesgosas, que abren paso al modelo transnacional de enriquecimiento, a fuerza del control monopólico de la tecnología y sus productos.

Para imponer los transgénicos, se ha construido una serie de mitos que buscan influir –y de hecho lo han logrado–, en políticos deslumbrados por el desarrollo, en empresas que se dedican ya sea a la comercialización, a la producción de semillas o a los agrotóxicos, y en más de una universidad que busca financiamiento. Y este es el camino del correísmo, que está desarrollando el extractivismo del siglo XXI, de clara matriz colonial.

En este libro se analizan los impactos de los transgénicos en los diferentes ámbitos de la vida de los pueblos, fundamentalmente en la salud y la agricultura. Se presenta un conjunto de evidencias científicas, publicadas y certificadas por expertos, que demuestran que los transgénicos causan una amplia gama de graves e inesperados impactos en la salud. Los animales que son alimentados con productos transgénicos, aun en pequeñas cantidades de substancia genéticamente modificada, presentan afectaciones.

Las vacunas genéticamente manipuladas constituyen una ruta importante de la liberación de organismos genéticamente manipulados (OGM) en el medioambiente, tal y como lo expone Mae-Wan Ho; sin embargo, sus riesgos ambientales nunca han sido contemplados. Las vacunas no solo son diseñadas para uso humano, sino también para la medicina veterinaria y la acuacultura.

El efecto sobre la agricultura es analizado por Nicolás Cuvi, quien señala que las repercusiones no solo están vinculadas con la salud y el ambiente, sino que perpetúan un modelo de colonización económica y social del Ecuador.

Hay dos tipos de tecnología agraria, según Elena Gálvez: una que genera conocimientos y avances para la reproducción material y cultural de los pueblos y de la sociedad; y, otra que produce mercancías, cuyo fin es la reproducción de capital. En este segundo tipo de tecnología agraria están los OGM, que promueven la degradación de la vida y la cultura de los pueblos, como se evidencia en el caso del maíz en México. Gálvez plantea que los transgénicos forman parte de una matriz tecnológica para la reproducción del capital. En este sentido, entran en contradicción con las formas tecnológicas de reproducción social, que son parte de la herencia cultural de los pueblos y culturas de América.

Para Edgar Isch, las consecuencias de los transgénicos para las políticas públicas son nefastas: pasan por el desconocimiento de los derechos, de la apuesta por el Sumak Kawsay y los derechos de la Naturaleza; desconocen los derechos ciudadanos; y, generan condiciones para una mayor dependencia del país, lo que afecta incluso las posibilidades de alcanzar el objetivo de la soberanía alimentaria.

En el libro se exponen, asimismo, tres estudios de caso sobre la presencia de transgénicos en el Ecuador: soya, canola y maíz, elaborados por Elizabeth Bravo, Richard Intriago, Xavier León, Bárbara Pérez, Fernanda Vallejo y Marco Cedillo. Este equipo presenta estudios de campo y realiza su trabajo a partir de fuentes primarias.

En el caso de la soya, se monitoreó la que se vende en los mercados, tiendas de abastos y supermercados del Ecuador. Un porcentaje de la soya importada es transgénica, como se demostró con los estudios hechos sobre material recolectado en varios centros de expendio de alimentos del país. Los principales exportadores de soya son Argentina, Estados Unidos y Bolivia, donde se produce fundamentalmente soja transgénica. Las principales empresas importadoras son: Pronaca, Agripac, Pollo Favorito, Afaba, Avesca, Incubadora Anhalzer, Integración Agrícola Oro y Promariscos; es decir, grandes emporios agroindustriales.

El libro demuestra el fracaso de los transgénicos y, para ello, toma como ejemplos el caso del maíz en México (análisis desarrollado por Ignacio Chapela), y el del algodón en Colombia (elaborado por el grupo Semillas). Luego de siete años de haber sido liberadas comercialmente las semillas de algodón transgénico, queda en evidencia su fracaso.

Para concluir, recordemos las palabras de Eduardo Galeano: “la Naturaleza no es muda”. La Naturaleza expresa ya su disconformidad con los transgénicos: el amaranto, planta sagrada para los incas, se ha vuelto resistente al herbicida glifosato y está arrasando las plantaciones de soja transgénica en EE.UU.

[1]Economista ecuatoriano. Profesor e investigador de la FLACSO. Ministro de Energía y Minas, entre enero y junio de 2007. Presidente de la Asamblea Constituyente y asambleísta, entre octubre de 2007 y julio de 2008. Candidato a la Presidencia de la República, entre septiembre 2012 y febrero 2013.
[2]Presidenta de Acción Ecológica y coordinadora para Sudamérica de la red Oilwatch.
[3] “Art. 401.- Se declara al Ecuador libre de cultivos y semillas transgénicas. Excepcionalmente, y sólo en caso de interés nacional debidamente fundamentado por la Presidencia de la República y aprobado por la Asamblea Nacional, se podrán introducir semillas y cultivos genéticamente modificados. El Estado regulará bajo estrictas normas de bioseguridad, el uso y el desarrollo de la biotecnología moderna y sus productos, así como su experimentación, uso y comercialización. Se prohíbe la aplicación de biotecnologías riesgosas o experimentales.”
[4] Se utiliza indistintamente soya o soja; sin embargo, se trata del mismo producto.

Otras publicaciones de la serie sobre el debate constituyente
Editores Alberto Acosta y Esperanza Martínez

– El buen Vivir. Una vía para el desarrollo
Varios autores
– Plurinacionalidad. Democracia en la diversidad
Varios autores
– Derechos de la naturaleza. El futuro es ahora
Varios autores
– El mandato ecológico. Derechos de la naturaleza y políticas ambientales en la nueva Constitución
Eduardo Gudynas
– Agua: un derecho fundamental
Varios autores
– Soberanías. Una lectura plural
Varios autores
– Refundación del Estado en América Latina. Perspectivas desde una epistemología del Sur
Boaventura de Sousa Santos
– Mal desarrollo y mal vivir. Pobreza y violencia a escala mundial.
José María Tortosa
– El neoconstitucionalismo transformador. El Estado y el derecho en la Constitución de 2008
Ramiro Ávila Santamaría
– La naturaleza con derechos: De la filosofía a la política
Varios autores
Economía social y solidaria: El trabajo antes que el capital
– José Luis Corragio
– Mercados de Carbono. Neoliberalización del clima
Larry Lohmann
Buen Vivir Sumak Kawsay – Una oportunidad para imaginar otros mundos
Alberto Acosta
– Transgénicos – Inconciencia de la ciencia
Varios autores
– Descolonización y transición
Raúl Prada

Editorial Abya-Yala

Encuéntrelo en librería Abya-Yala (Av. 12 de octubre 1430 y Wilson, Quito) o pídalo a libreria@abyayala.org

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