DECISIÓN MISERABLE: El desahucio de la s ede de la CONAIE, po r Fernando vega

DECISIÓN MISERABLE
El desahucio de la sede de la CONAIE

por Fernando Vega
Ex-asambleísta cosnituyente por AP
http://es.scribd.com/doc/250213520/Decisio-n-Miserable

Desde hace ya tiempo son tantos y diarios los desafueros y ridiculeces del gobierno del correismo, desde las más altas esferas hasta los voceros de medio y poco pelo que habría que dedicar las veinticuatro horas a comentarlas con una mezcla de indignación y bastante humor para evitar algún daño al hígado; por eso y por cuestiones de salud es recomendable poner un poco de distancia con los asuntos de la politiquería gubernamental y dedicar el tiempo a otras cosas más productivas. Sin embargo hay cosas que hacen rebosar la indignación por injustas e inoportunas y merecen no solo un comentario sino un firme pronunciamiento de rechazo y condena; tal es el caso de la orden de desahucio perentorio dado por el gobierno correista a la CONAIE para desalojarla de su sede histórica.
Califico de miserable esta decisión, porque lo es desde todo punto de vista. Comenzando por el miserable recurso a la justificación de que el inmueble será piadosamente dedicado a la rehabilitación de jóvenes con problemas de adicción. Aún si fuera sincera y plausible esta justificación el pueblo tiene un refrán para calificarla: “desvestir un santo para vestir otro”. Pero el cinismo y la hipocresía se hacen tan evidentes cuando hace pocos días el libérrimo gobierno ecuatoriano –libérrimo quiere decir generoso, por si acaso, ya que algunos suelen entender este término como sinónimo de libertad- regaló a la UNASUR un edificio de 43 millones de dólares, para fijarse ahora, como dirían los mexicanos en un “pinche” edificio que además no es el más adecuado para la rehabilitación de nadie. Eso es ser miserable.
Pero la miseria no acaba allí porque tras la piadosa justificación, que nadie la cree y todo el mundo sabe que el dicho desahucio tiene todo el sabor a retaliación política, a venganza cochina, a persecución y reiterado intento de sumisión a la CONAIE, que todavía resiste a todos los mecanismos de penetración, división y debilitamiento, por parte de una buena parte de los líderes del movimiento indígena que no se ha dejado comprar por puestos burocráticos y limosnas que caen de la mesa del amo. Miserable golpe bajo, propio de un gobierno que hace tiempo dejó a un lado la ética y el honor. Hasta en la guerra, la crueldad exige el respeto de ciertas reglas mínimas. Hasta entre los mafiosos no se sobrepasan ciertos límites, porque aún en los seres más abyectos hay un resquicio de honor y grandeza. Escupir sobre el que decimos haber vencido muestra la calaña de la que estamos hechos. La venganza es miserable.
Miserable, además porque la decisión falta a la palabra y a la letra de un compromiso institucional del Estado ecuatoriano expresado en la figura de un comodato. Nada extraño para un gobierno que no ha sido capaz de ser leal ni consigo mismo, ni con la Constitución, ni con el pueblo que depositó en él su confianza y esperanza. La lealtad, la fidelidad a la palabra dada, al compromiso escrito, al plebiscito del pueblo es una virtud que el gobierno ya ha olvidado de practicar. Los ecuatorianos somos, ya varios años testigos, de que la única palabra y refrendo que vale es la pronunciada por el profeta en la última sabatina, o en el último decreto todavía con la tinta fresca, aunque todo ello sea contrario a lo que se dijo ayer, con la promesa de que tampoco hay garantía que lo mismo se dirá mañana. La falta de seguridad jurídica es miserable.
Miserable porque el odio y la rabia ciegan al poderoso para no reconocer la grandeza del oponente. La sede de la CONAIE tiene el valor simbólico de un monumento histórico de las luchas libertarias que cantaba la Constitución de Montecristi, de monumento a la irrupción de los pueblos originarios que celebraban los 500 años de resistencia contra los males de la conquista y la colonia. Es desconocer el papel histórico y la contribución del movimiento indígena a la configuración del escenario político que hizo posible a este gobierno. El reconocimiento y la gratitud con los que nos precedieron en la historia e hicieron posible nuestra llagada es asunto de nobleza –no de sangre ni de títulos de poder- sino de la grandeza de los valores morales. Por eso también el desahucio es miserable porque es prepotentemente injusto.
Finalmente, la decisión del gobierno es miserable porque tras el discurso y la cantaleta de la revolución, de la soberanía y otras tantas expresiones ya vacías de todo contenido, pretende esconder el talante más colonialista, pelucón –en el auténtico sentido de la palabra- de un gobierno que ya se muestra sin vergüenza como lacayo de los poderes transnacionales del extractivismo –véanse las últimas reformas que ponen alfombra roja a las mineras- y de los monopolios criollos que serán los beneficiarios de los tratados de libre comercio, los cambios de la matriz productiva, mientras el mundo rural y campesino, indígena y no indígena, del Ecuador muere de inanición por la inexistencia de políticas adecuadas a la realidad de la gente, o mientras los esclavos mueren en los túneles de las hidroeléctricas a manos de los capataces chinos en cuyos reductos no rigen las leyes ecuatorianas. La propaganda inflada y mentirosa es miserable.
“¡Porca miseria”! dicen los italianos. Ojalá que ciertos indigenas que hoy visten el estilo de las camisas bordadas con los soles y las lunas en el pecho recuerden y que cobran sueldos de “misho” que en el pasado los hombres barbados los dominaron gracias a las “malinchas” y que fueron por manos de los propios indios que Tupac Amaru fuera descuartizado. También la traición es miserable. ¿Podremos esperar lealtad y respeto de los que nos dominan y humillan si los hijos del pueblo y de la tierra se muestran humildes y serviciales con los poderosos y brabucones y soberbios con los de abajo, los de su propia sangre, los de su propia cultura? Renunciar al Estado plurinacionalidad, conseguido por las luchas de la CONAIE, por los espejitos de la modernidad también es una miseria. Para que existan unos miserables, también tienen que existir otros.

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